Carnicero y feedlotero: en Tierra del Fuego, Alejandro hizo “carne” el emprendedurismo agropecuario
Se crió en el sur de Buenos Aires, pero a los 18 años ya partió a trabajar al extremo sur del país. Después de fundirse y cometer errores, logró consolidar un esquema productivo y comercial que hoy integra cinco carnicerías en Río Grande y dos feedlots.
Esta historia bien podría comenzar con “Había una vez…”, porque parece de cuentos, de las historias fantásticas de superación.
“Lo que no tenemos es miedo. Avanzamos. Nos hemos equivocado, sí, pero vamos para adelante”, cuenta Alejandro Alonso.
La foto de hoy lo muestra como propietario de cinco carnicerías en Rio Grande (Tierra del Fuego), y dos feedlots que las proveen, uno allí, en Río Grande, y otro estratégicamente más al norte, en Gaiman (Chubut).
Además, vende a hoteles y barcos repletos de turistas de todo el mundo que visitan la bella Patagonia argentina.
Esa es la foto. La película, sin embargo, ha sido con sueños truncos, comienzos y fracasos, aprendizajes, reinicios y mucha pasión.
DEL SUR BONAERENSE AL EXTREMO SUR ARGENTINO
Alejandro se hizo de abajo, pero bien de abajo. Nació en 1961 y se crió en Pasteur, en el sur bonaerense. Su padre era encargado o administraba campos. Hizo la secundaria en el colegio agrario de Realicó, a 200 kilómetros de su casa: “Ya desde los 12 me fui haciendo solo y a los 18 me vine al sur, primero a Río Gallegos, a trabajar de cadete y de lo que tocara en una estancia, ahí fui aprendiendo el trabajo con la oveja”.
“Después, los que me llevaron a la Patagonia compraron un frigorífico y ahí me picó el negocio de la carne, ahí aprendí lo que era, encontré la vocación ahí, me dio las armas para iniciarme solo en el negocio años más tarde”, rememora Alonso
Antes, había trabajado en la industria del petróleo. “Gané mucha plata, pero tenía 25 años y me mareó un poco, era mucho dinero para ser tan joven”, recuerda.
Después de eso puso su primera carnicería. “Me vine a Ushuaia, arranqué, pero me fundí tratando de salir solo porque yo sabía la parte laboral, el manejo de la carne, pero no lo comercial, la gestión del negocio en sí”, repasa Alonso.
Y reconoce: “Me deprimí, vendí lo poco que me quedó, me vine a Rio Grande y pensé, ¿Qué sé hacer yo? ¿Qué había aprendido en la escuela rural? La huerta. Alquilé dos hectáreas y con las chirolas que me habían quedado y algo que seguro me prestaron empecé a producir lechugas”.
También, nobleza obliga, entre los reconocimientos, hace uno lindo, a su mujer, Alejandra: “Cuando ella empezó a manejar la economía y ordenó los números la cosa cambió, mientras los manejé yo, me la pasaba fundiéndome”.
Llegó a tener casi 9.000 metros cubiertos en 4-5 años y una producción que iba bien. Vendían en la calle, en los negocios, en todos lados. Así fue como se dio una segunda oportunidad con la carne.
“Alquilé un rincón de una verdulería y puse una carnicería, me había quedado la espina, era ya 1997, ya tenía algo más de experiencia y treinta y pico de años”, comenta. .
Le fue tan bien que a los seis meses dejó de alquilar y la compró. Pero al año empezó a tener un problema: “Mi carnicería trabajaba mucho porque estaba en un barrio de poder adquisitivo bueno, sigue estando ahí, pero me sobraban muchos cortes delanteros, puchero, osobuco, aguja, los baratos, entonces tuve que abrir otra carnicería en el centro de la ciudad, una parte antigua, pensando en poder sacar esos cortes de menor valor pero que se vendían bien en esa zona”.
“NO DEPENDER DE NADIE”
¿Cómo fue que Alonso decidió empezar a engordar los propios animales que después llegan a sus carnicerías? “Pasa que a mí no me gusta saber qué cuelgo en mis carnicerías, por otro lado, cuando vos tenés el producto manejás los tiempos y volúmenes, entonces cualquier día especial como para las fiestas, faenás más animales y aprovechás”, explicó Alonso.
Pero no es sólo eso. También es un tema de tiempos, porque la carne viene de desde 1800 kilómetros y siempre es una incógnita qué puede pasar: si hay viento el camión no cruza, si hay niebla se retrasa y estás en riesgo de estar desabastecido para los momentos que sabés va a aumentar la demanda.
“Yo quería depender de mí, pero no sólo es por el tiempo, también es por la plata, porque es caro que te traigan la carne hasta acá”, subraya.
En los confines de la Patagonia, la salida de la hacienda, principalmente terneros, se concentra de marzo a mayo/junio. En otra época no se consigue.
“Entonces alquilé una chacra y empecé a tener y engordar mis propios animales, y en 4-5 años a tener 900 animales, para entones ya tenía la tercera carnicería, el año 2000 fue malísimo, no me fundí pero de pura suerte, pero no se vendía nada, tuve que hacer malabares”, relata Alonso.
Después abrió una cuarta carnicería, en un barrio de gente de laburo. Y una quinta. El negocio se fue agrandando y le empezó a ir muy bien. “Cuando estás encima, el negocio te lleva para arriba cuando hacés bien las cosas y para abajo cuando hacés macanas”, reflexiona.
TIEMPOS EN LOS CORRALES
Alonso compra unos 1.500 novillos de 300 kilos y faena 600 animales por mes. Esos novillos que compra les hace un “blanqueo, le saco el color de campo, amarillón, fuerte”. Ese novillo a los 60 días ya está para carnear.
“Lo veo gordo y lo faeno, no me importa si tiene 350-360, si mi venta viene embalada faeno un gordo para no tener que sacrificar tantos animales más livianos, prefiero un gordo que dos terneros”, compartió.
Otra historia son los terneros de 180 kilos que van a Gaiman para duplicar su peso y llegar a 360. “Ahí sí lo llevo por kilo, bien prolijo, son 1,4 kilo por día en un engorde de 90-120 días”, describe Alonso, que en Gaiman tiene 1.900 animales en dos encierres. La idea es llegar a 2500 en algún momento. Y en el de Río Grande, son unos 3.600 más 200 vacas.
EL DESAFÍO DE VENDER “CARNE BLANQUITA” EN USHUAIA
Hace algo más de una década, Alejandro empezó a llevar su carne también a Ushuaia (unos 200 kilómetros o 3 horas al sur de Río Grande), la niña bonita de la región y se sumó su hijo que empezó a manejar esa parte del negocio.
“Al principio era resistido, la gente decía que la carne blanquita que venía del norte era mejor que la nuestra, y a nosotros nos cuesta darle ese toque blanquito en el engorde, nos costó imponernos”, señala Alonso.
Y remarca que fue un trabajo hormiga que han ido haciendo porque está convencido que “allí está el futuro, de la mano del turismo, con los turistas, los hoteles y los cruceros”. Venden no sólo carne bovina, también cordero, “que está en extensión, se vende bien y me encanta producirlo”.
El balanceado lo compra en Tornquist, el forraje lo trae del valle de Trelew y el valle del Río Negro, pasto, megafardo y rollos. El flete es costoso porque están a 2.000 kilómetros. Cada año, para pasar el invierno, junta un millón kilos de alimento en los galpones.
Lo trae en camiones, cada uno trae 28.000 o 32.000 kilos. cada bolsón de balanceado tiene entre 700 y 1000 kilos cada uno. Y los megafardos de 700 kilos son muy funcionales para el traslado y en los corrales.
“Le hemos ido buscando la vuelta, porque hoy tenemos 5.000 animales entre el feedlot de acá y el de Gaiman, todo ternero por debajo de 180 kilos me lo llevo a Gaiman, porque es otro clima, es un valle de 10 grados en invierno mientras que nosotros acá tenemos 10 bajo cero y eso te genera mucha mortandad de terneros, una falencia que durante un tiempo la tapaba con la inflación, pero si hoy llegara a tener esa mortandad me fundo”, grafica.
El clima es un enemigo con el que conviven. “Vos das de comer con el frío que hace acá y no generas calorías, no te devuelve un gramo de carne por el gramo de alimento consumido”, describe.
“He llegado a tener en el rango de animales de 180 kilos o menos una mortandad de 10%, o sea, ¡de 2000 animales se te mueren 200! Me pasó en 2024, un año muy frío, entré al corral y me largué a llorar, nos costaba hacer llegar agua a los bebederos, fue un desastre”, agrega.
Consultado sobre el feedlot como negocio, Alonso advierte: “No recomiendo tener un engorde solo acá, en Tierra del Fuego, a 2.000 kilómetros de donde está la comida, ¡ni loco!, Pero si hacés como pude hacer yo, bueno, es otra cosa”.
A su vez, están terminando un sector sector de cámaras y desposte que les permite llegar, por ejemplo, a un barco “con mercadería de primera, con buen packaging, envasado al vacío, con membrete y todo eso, también así llegamos a los hoteles”.
EL DESAFÍO DE LA EFICIENCIA
Analizando otras cuestiones clave en su cadena, Alonso apunta a ser eficiente en cada kilo de alimento y cada kilo producido, “que el kilo de grano rinda, estar todo el día atrás del animal” y “que no haya neumonías, frecuentes en esta zona donde se dan épocas de lluvias y frío”.
¿Y en la carnicería? “Lo mismo, eficiencia, ¿dónde? Es más difícil, yo no tengo encargados sino que hago equipos, ya no quedan los carniceros viejosesos que te manejaban el mostrador, hoy la mayoría son cortadores de carne, quizás producto del efecto supermercado, que corta y envasa y listo, a mí me gusta tener y mostrar para vender carne fresca, el envasado es para hoteles, barcos, etc, pero hoy el oficio se perdió”, lamenta el productor y comerciante.
En cuanto a la relación con los productores, opina: “Siento que nosotros le brindamos un servicio al ganadero, pero también el apoyo del ganadero ha sido muy importante para nuestro negocio, para mí es un apoyo mutuo”.
Y completa: “Yo aposté mi negocio al servicio, lo que tenga el ganadero se lo compro, después vemos a cuánto y cómo cerramos el negocio, pero les saco el animal de encima, porque es desesperante muchas veces saber que si no vendés lo perdés, más que nada por el clima extremo de esta zona”.
Los últimos años, por diferentes motivos, el productor ganadero de Tierra del Fuego ha ido virando del ovino al bovino.
“El criador vacuno está en constante crecimiento. ¿Por qué? Habrán escuchado del perro asilvestrado, que ha limado la producción ovina, la arrinconó en un 30% de la isla, donde no hay monte, por eso te decía que se empezó a mejorar, selección, buenos toros, buenas instalaciones, inseminación, mejorar los potreros, pero todo es inversión, eso sí”, apunta Alonso.
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