Innovación y eficiencia: la tecnología impulsa a la porcicultura argentina
Nuestro país cuenta con las últimas novedades en cuanto a equipamiento destinado al sector, lo cual representa una ventaja significativa a la hora de competir en el mundo.
Por Manuel Nicolás – Presidente del Grupo de Intercambio Tecnológico de Empresas Porcinas (GITEP) y miembro de la Federación Porcina Argentina (FPA)
La producción porcina argentina atraviesa un momento singular. No sólo por su potencial de crecimiento, sino porque hoy opera con un nivel tecnológico comparable al de los países más desarrollados del mundo. Esto no es una aspiración ni un deseo: es una realidad que se observa en cada granja que decide invertir y sostener un camino de eficiencia, bienestar animal y sustentabilidad.
Una de las razones es que el sector local nació directamente en la era tecnológica. A diferencia de otros países que atravesaron etapas intermedias más artesanales, en Argentina el modelo intensivo creció ya con la incorporación temprana de equipamiento moderno. Esa “natividad tecnológica” se convirtió en una ventaja estructural y explica por qué el productor argentino adopta innovaciones con rapidez y naturalidad.
El primer gran salto se dio en el control ambiental del criadero. Las salas y galpones pasaron a ser estructuras totalmente cerradas, con temperatura y circulación de aire reguladas de manera automática. Los equipos permiten fijar la temperatura ideal de cada etapa y sostenerla mediante ventilación, refrigeración o calefacción.
En maternidad, incluso, se trabaja con dos microclimas simultáneos: uno más fresco para la madre y otro más cálido para el lechón, mediante lámparas infrarrojas de temperatura variable.
Estos sistemas se complementan con sensores que monitorean amoníaco, dióxido de carbono y otros gases, garantizando un ambiente estable y saludable. El bienestar animal dejó de ser un concepto teórico para convertirse en una variable medida minuto a minuto.
EL FACTOR SANITARIO QUE IMPULSA LA PORCICULTURA
Otro avance clave aparece en lo sanitario. La vacunación intradérmica, hoy extendida en muchas granjas, reemplaza el uso de agujas, reduce el volumen de producto aplicado y mejora tanto la bioseguridad como el bienestar. Además, los dispositivos registran cada aplicación y permiten llevar la información a una tablet o computadora, asegurando trazabilidad completa.
Pero el mayor salto reciente proviene de la alimentación electrónica. Cada cerda posee un chip y los comederos inteligentes distribuyen la ración exacta diseñada por el nutricionista, en varias entregas a lo largo del día. Esto elimina desperdicios, ajusta el consumo real de cada animal y mejora tanto la eficiencia como el costo por kilo producido. El cambio se potencia con la migración a gestaciones grupales, que combinan bienestar y precisión nutricional.
En paralelo, la inteligencia artificial ya es parte del manejo habitual. Existen cámaras que monitorean la tos y anticipan la aparición de enfermedades, otras estiman el peso de los animales mediante algoritmos que procesan miles de imágenes, mientras que algunas realizan conteo automático para evitar errores en los movimientos internos o en las cargas a faena. Todo esto permite decisiones más rápidas, menor uso de antibióticos y un manejo sanitario preventivo.
La incorporación de robots para el lavado de salas y galpones, aún en fase de prueba, muestra el camino que se abre hacia procesos más automatizados. La tendencia es clara: reducir tareas manuales repetitivas y ganar consistencia en la higiene, un factor crítico para mantener el estatus sanitario del país.
EL CUIDADO DEL AMBIENTE EN LA PORCICULTURA
A esto se suma un impulso creciente hacia la energía renovable. Muchas granjas ya operan con paneles solares que abastecen entre el 40% y el 50% de la energía requerida, y se complementan con sistemas de biogás que aprovechan los efluentes. Otras desarrollan esquemas de recirculación que permiten reemplazar parte del uso de agua limpia por efluente tratado, reduciendo el impacto sobre las napas y mejorando la sustentabilidad general del sistema productivo.
Todo este despliegue tecnológico sería imposible sin un capital humano altamente capacitado. En Argentina existe una cultura del trabajo aplicada a la producción animal que se refuerza con programas de formación continua. Desde el GITEP, año tras año, se dictan capacitaciones específicas para cada área del criadero y se promueve el intercambio entre empresas. La presencia de usuarios avanzados, explicando de primera mano las ventajas y desafíos de cada tecnología, genera un ecosistema de aprendizaje que es difícil encontrar en otros países de la región.
El resultado es un sector que combina innovación, profesionalismo y productividad. Es cierto que queda camino por recorrer y que cada inversión demanda esfuerzo, pero la evidencia es clara: Argentina produce cerdo con la misma tecnología que Europa, Estados Unidos o Canadá, y en muchos casos la adopta incluso más rápido.
En un mundo que demanda eficiencia, trazabilidad y sustentabilidad, estar en la vanguardia tecnológica no es un lujo: es una condición para competir. El sector porcino argentino ya dio ese paso. Ahora el desafío es sostenerlo y seguir ampliando una ventaja que, bien utilizada, puede convertir a nuestro país en un referente global de producción porcina moderna.
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