El bioetanol, en clave regional: por qué EE.UU. y Brasil avanzan, mientras Argentina sigue corriendo de atrás
Mientras el bioetanol se consolida como una herramienta estratégica para agregar valor, los tres grandes productores del continente muestran trayectorias muy distintas. Las políticas, un aspecto clave que diferencia el desarrollo en cada región.
El bioetanol ocupa un lugar cada vez más relevante en la agenda energética global. No solo por su capacidad para reducir la dependencia de los combustibles fósiles, sino también porque permite transformar granos y caña de azúcar en energía, empleo e industria.
Al respecto, un reciente informe de la Bolsa de Cereales de Córdoba realizó una comparación entre Estados Unidos, Brasil y Argentina, en el que quedó en evidencia que el crecimiento de esta cadena no depende solo del potencial productivo, sino, sobre todo, de los marcos regulatorios y de las señales económicas que acompañan —o frenan— a las inversiones.
En los tres países, el desarrollo del etanol comenzó en la década del ’70, al calor de las crisis energéticas y de la necesidad de diversificar la matriz de combustibles. Desde entonces, las trayectorias se bifurcaron.
Estados Unidos se convirtió en el principal productor y consumidor mundial, Brasil consolidó un modelo integrado y de alto consumo interno, mientras que Argentina avanzó de manera más errática, con una industria que muestra eficiencia productiva, pero limitada escala y bajo protagonismo internacional.
LAS TRABAS AL BIOETANOL EN ARGENTINA
El uso del etanol en nuestro país tuvo su primer impulso con el Programa Alconafta a fines de los años ’70, aunque aquella experiencia fue abandonada una década después.
Recién en 2006, con la sanción del Régimen de Promoción de los Biocombustibles, el sector volvió a cobrar relevancia. Desde entonces, el corte obligatorio de las naftas con etanol fue creciendo hasta alcanzar el 12% actual, dividido en partes iguales entre caña de azúcar y maíz.
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Hoy, la producción nacional ronda los 800 millones de litros anuales, con un crecimiento sostenido en la última década y una participación cada vez mayor del etanol de maíz, que ya explica más de la mitad del total.
El país cuenta con 18 plantas distribuidas en seis provincias y una capacidad instalada estimada en 1.650 millones de litros por año, lo que evidencia que existe margen para crecer.
Sin embargo, el desarrollo de la industria se ve condicionado por un esquema fuertemente regulado. El Estado fija precios, asigna cupos, define volúmenes obligatorios y controla el comercio exterior. Este contexto limita la posibilidad de aprovechar economías de escala y desalienta inversiones de largo plazo.
“El impacto es visible en el valor agregado: transformar maíz en etanol dejó de ser un negocio atractivo en varios períodos recientes, con márgenes negativos en un escenario de precios regulados y costos en alza”, señalaron desde la Bolsa cordobesa.
A pesar de ello, la cadena genera más de 5.000 empleos en todo el país y cumple un rol clave en economías regionales, especialmente en el norte azucarero y en la región maicera del centro.
El desafío es claro: traducir el potencial productivo en un sendero de crecimiento sostenido, con reglas previsibles y mayor integración al mercado internacional.
EL BIOETANOL EN BRASIL: CONSUMO INTERNO FUERTE
El caso brasileño muestra un camino distinto. Desde la creación del programa Proálcool en 1975, el etanol se integró de manera estructural al sistema energético. Hoy, el corte obligatorio alcanza el 27% y puede ajustarse según la disponibilidad de materia prima. Además, la masificación de los vehículos flex permitió consolidar una demanda robusta y estable.
Brasil produce en promedio más de 25 mil millones de litros por año y en las últimas campañas superó los 30 mil millones, impulsado por mejoras en la productividad de la caña y por la expansión del etanol de maíz en el centro-oeste del país.
El marco institucional se fortaleció con la implementación de RenovaBio, un esquema que premia la eficiencia ambiental y genera incentivos económicos a través de créditos de descarbonización.
A diferencia de Argentina, los precios del etanol en Brasil se determinan por condiciones de mercado, en relación con la gasolina y la oferta disponible. Esto permitió sostener márgenes positivos y atraer inversiones, incluso en contextos de volatilidad.
El resultado es una industria con más de 365 plantas, fuerte generación de empleo y una balanza comercial que, en los últimos años, volvió a ser superavitaria.
EL BIOETANOL EN ESTADOS UNIDOS: LIDERAZGO GLOBAL
Por último, el liderazgo estadounidense se explica, en gran medida, por la escala y por la estabilidad de sus políticas.
El Estándar de Combustible Renovable, vigente desde 2005, estableció volúmenes obligatorios de uso de biocombustibles y dio previsibilidad a la demanda. Con una mezcla base del 10% y la posibilidad de utilizar cortes mayores en determinados vehículos, el etanol se consolidó como un componente central del mercado de combustibles.
“Los biocombustibles son federalismo en acción: es una ley que multiplica oportunidades, no costos”
Con casi 200 plantas y una capacidad cercana a los 70 mil millones de litros anuales, Estados Unidos produce más de 55 mil millones de litros por año, de los cuales consume internamente más del 90%.
El maíz es el insumo dominante, lo que permitió integrar la industria etanolera al corazón del cinturón agrícola y potenciar el agregado de valor en origen.
El precio del etanol se forma por oferta y demanda, con fuerte incidencia de los mercados energéticos y agrícolas. Aun con alta volatilidad, el valor agregado promedio por tonelada de maíz procesado se mantiene en niveles positivos, lo que sostiene inversiones y empleo: solo en 2024, la actividad generó más de 55.000 puestos directos y más de 250.000 indirectos.
BIOETANOL: TRES MODELOS, UN MISMO DESAFÍO
La comparación deja una conclusión evidente. Estados Unidos y Brasil avanzaron por caminos distintos, pero con un denominador común: reglas claras, políticas de largo plazo y señales económicas consistentes.
Argentina, en cambio, enfrenta el desafío de salir de un esquema de alta intervención y escasa previsibilidad, que limita la expansión de una industria con capacidad probada para agregar valor, generar empleo y contribuir a la transición energética.
“Señor Presidente, ¿cuál es su plan con respecto a los biocombustibles?”
El etanol no es solo un biocombustible. Es una herramienta de desarrollo territorial y de industrialización del agro. Para que ese potencial se concrete, el país deberá avanzar hacia un marco regulatorio más estable, que combine objetivos ambientales con eficiencia económica y permita planificar inversiones más allá de los vaivenes de corto plazo. Solo así el etanol podrá ocupar el lugar estratégico que ya tiene en los principales productores del continente.
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