Una luz de esperanza en la oferta de agrónomos: “Estamos viendo saltos incrementales en la matrícula”
Entrevista a Jorge Dutto, decano de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba y presidente de la Asociación Universitaria de Educación Agropecuaria Superior. Por qué cree que hay más aspirantes a agrónomos y los desafíos académicos que enfrentan en la actualidad.
En el año 2023, hubo en Argentina 38.914 estudiantes de carreras vinculadas a las ciencias agropecuarias, tanto en universidades públicas como privadas: principalmente, aspirantes a ingenieros agrónomos, pero la cifra también incluye a quienes cursaron las ingenierías en Zootecnia, Forestal y Recursos Naturales.
Este valor, si bien es el más alto en los registros del Sistema de Información Universitaria de la Secretaría de Educación de la Nación que comienzan en 2001, es muy similar a los 38.500 alumnos que hubo en los años 2011 y 2012.
La meseta es aún más marcada en la cantidad de egresados, que en 2023 (último dato oficial disponible) fueron 1.488, cuando el promedio de la última década estuvo entre 1.800 y 2.000.
Son datos que constituyen una señal para prestar atención en un país que pretende consolidarse en el liderazgo mundial de la producción de alimentos, pero que -como en el volumen de la cosecha- en este indicador también encuentra señales de estancamiento.
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¿HAY MÁS INTERESADOS EN SER INGENIEROS AGRÓNOMOS?
De allí nació la intención de Infocampo de mostrar esta realidad importante para el campo argentino, indagando en si es cierto la sentencia que formuló el experto Martín Díaz Sorita, durante el Simposio Fertilidad de 2025, cuando afirmó que “faltan agrónomos en el campo”, especialmente en lo que se refiere al asesoramiento para “humanizar” la toma de decisión en los lotes.
A tal fin, ya pasaron las entrevistas a los decanos de la Facultad de Agonomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA), Adriana Rodríguez; y de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario (FCA-UNR), Pablo Palazzesi.
Ahora, llegó el turno del decano de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba (FCA-UNC), Jorge Dutto, quien también es en la actualidad el presidente de la Asociación Universitaria de Educación Agropecuaria Superior (AUDEAS), entidad que agrupa a las instituciones Universitarias oficialmente reconocidas en la República Argentina (Facultades, escuelas, departamentos, institutos) que ofrecen enseñanza superior Agropecuaria y/o Forestal.
Por lo tanto, Dutto no solo tiene la mirada propia del terruño cordobés, sino también del conjunto de la enseñanza agropecuaria nacional, y al ser consultado por este medio subraya su esperanza en un dato de los últimos años que -asegura- se corrobora en los últimos días.
“El año pasado y fundamentalmente este año, estamos viendo saltos incrementales de matrícula”, afirma.
Efectivamente, los datos oficiales exhiben que los nuevos inscriptos en carreras de ciencias agropecuarias pasaron de un promedio de entre 6.000 y 8.000 a 9.800 en 2021, 11.041 en 2022 y 10.295 en 2023.
Este repunte lo atribuye a la flexibilización académica, el uso de nuevas tecnologías y la incorporación de carreras cortas con mayor salida laboral.
No obstante, como sus pares de Buenos Aires y Rosario, Dutto reconoce algunas dificultades para la inserción de los agrónomos y también en lo que respecta al “día a día” de la enseñanza académica en este rubro.
Puntualmente, afirma que el sector enfrenta desafíos críticos como el atraso salarial docente y la falta de presupuesto público, además de la necesidad de una reconversión permanente de la currículo a raíz de la irrupción de la tecnificación en el agro.
LA OFERTA DE INGENIEROS AGRÓNOMOS
-La realidad académica es un factor del que no se habla tanto, pero también es relevante para el crecimiento del agro. Como decano y presidente de la AUDEAS, ¿cuál es el panorama que ves hoy?
-Es cierto que hay un estancamiento respecto a los últimos 10 o 12 años. En general, la matrícula ha estado estabilizada, con una tendencia a la baja en la mayoría de las facultades. Sin embargo, el año pasado y fundamentalmente este año, estamos viendo saltos incrementales de matrícula, al menos en lo que es el ingreso. Aunque todavía no hay números definitivos, porque muchos cursillos inician en febrero o marzo, las preinscripciones vienen muy bien en todas las facultades de ciencias agropecuarias. En nuestro caso puntual, estamos duplicando el número del año pasado; tuvimos que hacer tres actos de recepción porque se nos desbordó la cantidad de aspirantes.
-¿A qué se puede atribuir ese crecimiento?
-Lo asocio básicamente a dos cosas. Primero, históricamente en momentos de crisis social y económica, las matrículas universitarias tienden a aumentar porque la gente apuesta a la formación como una vía de mejora. Por otro lado, el agro está muy instalado hoy; todo el mundo habla de su importancia económica y su potencial de crecimiento, sumado a un panorama alentador para la ganadería en los próximos años. Además, las facultades hemos agregado carreras más allá de la agronomía tradicional, como zootecnia, agroalimentos, diseño del paisaje y diversas tecnicaturas. Estos trayectos intermedios incentivan a los jóvenes, que quizás no visualizan de entrada una carrera de 5 o 6 años, pero que luego pueden articular esos estudios con una carrera más larga.
-¿Los cambios estructurales que están ocurriendo en el modelo agropecuario, tanto en lo económico como en la visión de la sustentabilidad como un valor esencial, también influyen?
-Sí, porque el rol del profesional vuelve a tomar importancia. Antes, con las variables macro desacomodadas, el negocio era más financiero que productivo; hoy lo financiero está planchado y vuelve a cobrar valor la eficiencia técnica, la tecnología y la sostenibilidad. Hemos modificado los planes de estudio incorporando temas ambientales, higiene y seguridad, e innovación y emprendedurismo, lo que hace a las carreras más atractivas. También hemos aprendido a mostrar mejor lo que hacemos a través de las redes sociales y la vinculación con el sector privado. Todo ese combo ha revalorizado a la universidad pública como entidad de formación.
-Ahora bien, coincidiendo con esta esperanza de mayor matriculación, ¿crees que realmente hay menos agrónomos de los que debería haber o el número es adecuado?
-Es un análisis complejo porque existen diferencias regionales. En las zonas agrícolas núcleo —como Córdoba, Santa Fe o La Pampa— los egresados consiguen trabajo rápidamente. Pero en zonas con producciones regionales o locales menos rentables, a veces cuesta más conseguir empleo. Probablemente la visión de Martín Díaz-Zorita responda a un contexto de agricultura muy profesionalizada y tecnología de punta, donde el rol del profesional es crítico. Hoy el productor es un empresario que se forma mucho y participa en grupos como CREA o Aapresid. Debido al avance tecnológico, los profesionales se están “hiperespecializando”. Un productor que alquila campos en distintas provincias busca técnicos especializados para cada zona y cada tema, como la fertilidad. En esos nichos específicos es donde puede que falte gente.
-Tras publicar las diferentes entrevistas que vinimos realizando, aparecieron muchos comentarios diciendo que los salarios no son buenos. ¿Puede eso influir eventualmente en que no sea una carrera atractiva?
-La realidad que vivimos con nuestros egresados es que un recién graduado que sale a vender insumos hoy está arriba de 2,5 millones de pesos de sueldo, lo cual no es malo. Lo que sí sucede es que en ciertas zonas las empresas se disputan a los profesionales más capaces mejorando sus condiciones económicas. De todos modos, la clave es que hoy los jóvenes hoy priorizan condiciones laborales por sobre la estabilidad económica. Por ejemplo, ya no aceptan trabajar los sábados, aunque sea solo mediodía en una oficina. También buscan mayor flexibilidad; si quieren viajar o no les gusta algo, dejan el trabajo sin tener otro visto. Las empresas van a tener que replantear su relación laboral con estos profesionales porque los chicos hoy cambian de rumbo sin miramientos si no están satisfechos.
“Era la carrera del futuro y hoy, en muchos casos, el agrónomo termina reducido a firmar recetas”
EL PRESENTE DE LAS FACULTADES DE AGRONOMÍA
-Pasando a otro tema, ¿cómo está hoy la situación presupuestaria de las facultades y de la FCA en particular?
-Estamos con un atraso presupuestario importante en lo que respecta a gastos de funcionamiento. La Universidad de Córdoba ha sido muy ordenada y eso ayudó a amortiguar el impacto, pero el ajuste nos obligó a ser más eficientes y a incentivar a los profesores para que generen recursos propios a través de servicios y cursos.
-¿Qué es lo que más se les ha complicado?
-Lo más crítico es el atraso salarial; los sueldos universitarios no están equiparando la inflación. Un profesor que recién empieza gana unos 150.000 o 160.000 pesos, lo que a veces no cubre ni los gastos para trasladarse a la facultad. Muchos se quedan por compromiso, por vocación científica o porque sus empresas privadas les permiten mantener el vínculo académico. No obstante, hemos tenido casos de profesionales muy formados, entre los 35 y 45 años, que han pedido reducir su dedicación en la facultad para crecer en el sector privado o que incluso se han ido al exterior.
-¿Con la ley de financiamiento universitario debería mejorar la situación?
-Si el gobierno la cumple, debería mejorar porque contempla la actualización de gastos y salarios. Hasta hace poco trabajamos con el presupuesto de 2022 reconducido, mientras que los servicios como la energía subieron más de un 300%. También es crítica la falta de fondos para proyectos de investigación en el sistema público, lo que nos obliga a buscar subsidios internacionales o convenios con privados.
-Se abrió la puerta a la pregunta siguiente: ¿cómo está la vinculación con el sector privado? Siempre es un tema que genera debate.
-En esta facultad estamos convencidos de que es una forma legítima de generar recursos. Tenemos convenios con muchas empresas que nos permiten tener maquinaria, equipos de riego y estaciones de testeo en nuestro campo escuela. Esto sirve para dar servicios, investigar y formar a los alumnos en módulos productivos reales. Además, el empresario argentino está hoy más abierto a colaborar, algo que es natural en otros países. Las universidades también hemos abierto la cabeza y dejado de lado el miedo a que nos impongan qué investigar. Trabajamos mucho con sectores como el manisero o el de legumbres, cumpliendo nuestro rol de aportar conocimiento científico para desarrollar los sectores productivos.
“No hay un agrónomo por cada productor y es un tema: nadie se opera con alguien que no sea cirujano”
-Para cerrar, ¿qué le pedirías al sector político y a las empresas para ayudar al desarrollo académico de las ciencias agropecuarias?
-Que confíen. Puertas adentro nos estamos repensando para ser más dinámicos y flexibles. Por ejemplo, aunque cambiar un plan de estudio es un proceso lento por normativas ministeriales, hemos diseñado estructuras con materias optativas que nos permiten incorporar temas nuevos rápidamente. También tenemos acuerdos de movilidad estudiantil entre las facultades de agronomía. Un chico que estudia en Córdoba y quiere especializarse en vinos puede cursar un semestre en Cuyo y nosotros se lo reconocemos. Incluso pueden cursar materias en otras facultades como Inteligencia Artificial en FAMAF o Economía. Eso hace que la carrera sea mucho más atractiva para el joven. Finalmente, creo que el desafío es dejar de lado lo ideológico y priorizar lo institucional. El 95% de nuestros egresados van al sector privado y terminan siendo los gerentes o técnicos de las empresas con las que nos vinculamos. Las PyMES, que son la base de nuestra matriz productiva, no tienen espalda para tener sus propios departamentos de I+D, y para eso estamos las instituciones públicas. Si logramos trabajar juntos, todos terminamos ganando.







