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De Galicia al futuro del campo argentino: el hombre que convirtió un recuerdo de infancia en una transformación agrícola

Fuente: Infocampo 17/10/2026 09:00:38 hs

A los 80 años, José Benito Gonzales Rodríguez, fundador de Kioshi Stone en Argentina, mantiene intacta la curiosidad que lo llevó desde las costas de Galicia hasta las minas argentinas y, décadas después, a investigar cómo devolverle vida a los suelos.

Hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar. Permanecen escondidos durante décadas, esperando quizá el momento preciso para volver a aparecer y darle sentido a una vida entera.

Para José Benito Gonzales Rodríguez, gerente técnico y uno de los fundadores de Kioshi Stone en la Argentina, uno de esos recuerdos tiene olor a mar, sonido de olas y la imagen de una madre abriendo las puertas de una humilde casa para dejar pasar el agua por abajo.

Era un niño en La Guardia, un pequeño pueblo marinero del sur de Galicia, cuando contemplaba cómo el Atlántico golpeaba con fuerza contra la costa y las ráfagas del viento Nortón atravesaban cada rincón.

Cuando la marea bajaba, el mar dejaba algas sobre las calles y su madre salía a recogerlas para venderlas a los huerteros de las aldeas, quienes las utilizaban como fertilizante.

Aquello que para un niño formaba parte de la vida cotidiana era, en realidad, una práctica ancestral de los pobladores de la zona: el “algazo”, utilizado para alimentar las huertas de los campesinos de las aldeas vecinas.

UN APASIONADO DE LA INVESTIGACIÓN MINERA

José Benito tenía apenas dos años cuando, en 1948, aquella infancia quedó atrás. Su familia emigró a la Argentina en busca de paz y trabajo, y con ellos viajó también, aunque todavía no lo supiera, una memoria que muchos años después terminaría conectando su pasado con su futuro.

Creció en Buenos Aires, lejos de aquellas costas, pero nunca perdió la conexión con ese paisaje que había quedado grabado en su memoria.

“En mi pueblo natal la piedra estaba presente en cada rincón. Era el alma de las viviendas y también estaba presente en el oficio noble de los viejos maestros piedreros”, recuerda el investigador en diálogo con Infocampo.

Con los años, aquella imagen comenzó a adquirir otro significado. “Comprendí que mi vocación por los minerales no fue una mera casualidad. Era el llamado profundo de esa memoria ancestral que llevaba guardada en el alma”, sostiene.

Su acercamiento formal a la ciencia comenzó temprano. A los 15 años ingresó al Colegio de Minas de Buenos Aires y, apenas dos años después, se incorporó al Centro de Investigaciones Mineras del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI).

Allí abordó una trayectoria que lo llevaría durante décadas a recorrer yacimientos, estudiar minerales y tratar de comprender qué ocurría en las entrañas de la tierra.

Uno de los destinos que más lo marcó fueron los yacimientos de hierro del norte argentino, particularmente en Zapla y Salta. En aquellos lugares comenzó a familiarizarse con una escala de la materia que, para la época, todavía resultaba casi desconocida.

“Los minerales estaban tan íntimamente atrapados que para separarlos teníamos que descender a tamaños verdaderamente infinitesimales“, explica el entrevistado.

Aquellas experiencias fueron mucho más que una formación profesional. Fueron el comienzo de una curiosidad que nunca abandonaría.

“Fue allí donde empecé a familiarizarme con el fascinante mundo de las nanopartículas, en una época en la que la microscopía apenas daba sus primeros pasos”, recuerda.

UNA INNOVACIÓN CON LAS ALGAS

Durante más de tres décadas trabajó en investigación minera junto a organismos como el INTI, el INTA y el Banco Nacional de Desarrollo. Recorrió territorios, estudió formaciones geológicas y acumuló conocimientos que, muchos años después, terminarían encontrando una aplicación muy diferente de aquella que imaginaba cuando comenzó su carrera.

El punto de inflexión llegó en las alturas de Pie de Palo, en San Juan. Allí debía analizar un yacimiento de dolomita para determinar sus posibles aplicaciones industriales. Pero la investigación geológica terminó revelando algo mucho más profundo: aquella roca tenía un origen lacustre y marino asociado a antiguas algas fosilizadas.

Y entonces ocurrió algo que, en una historia común, podría parecer una simple coincidencia. Para José Benito fue otra cosa. “Cuando descubrí que el origen de esa roca eran algas de millones de años, la imagen de mi madre juntando algas en Galicia volvió a mi mente como un relámpago“, cuenta emocionado.

De pronto, el niño que observaba a su madre recoger algas en las calles de un pueblo gallego y el investigador que estudiaba minerales en una formación geológica de San Juan quedaron unidos por una misma imagen, separada por miles de kilómetros y varias décadas.

“Comprendí que aquella roca no era otra cosa que un rastrojo mineralizado por el tiempo”, explica. “Y si venía de la biología vegetal, pensé que su destino natural debía ser devolverle fertilidad a los campos”, expresó con sabiduría.

Aquella conclusión abrió una puerta que modificaría definitivamente el rumbo de su carrera. José Benito comenzó a profundizar en la relación entre el origen biológico de determinados minerales y su utilización para la agricultura.

“Gran parte de las rocas con las que trabajamos tienen un origen biológico. Por eso entendimos que no se trataba simplemente de extraer minerales, sino de comprender de dónde venían y cómo podían volver a formar parte de un sistema vivo“, reflexiona.

La premisa era sencilla en su origen, pero compleja en su desarrollo: si ciertos minerales habían estado ligados a procesos biológicos durante millones de años, podían retornar a la tierra para restaurarla.

Sin embargo, su aplicación agronómica era un desafío, lo que impulsó al protagonista a abordar el problema desde la nanotecnología.

“Al reducir esos minerales a escalas nanométricas, lo que hacemos es remineralizar y sanar la estructura misma del suelo”, explicó el emprendedor, quien mediante este método logró transformar dicha tecnología en una aliada estratégica para los cultivos.

Sin embargo, todavía faltaba una oportunidad para transformar décadas de investigación en un proyecto concreto. Y, una vez más, la vida de José Benito se cruzó con una de esas casualidades que terminan cambiando el rumbo de las cosas.

NANOPARTÍCULAS PARA LOS SUELOS

Fue un antiguo alumno universitario quien recordó a su maestro y recomendó su contacto al grupo inversor de Kioshi Global, y comenzó a trabajar junto a su socio y amigo Gabriel Lema, el actual CEO de Kioshi Stone en Argentina. El encuentro nació a partir de un proyecto que, en principio, no tenía como destino la agricultura.

“Un exalumno me recomendó con ellos para encarar un proyecto vinculado al desarrollo de arenas cerámicas para el fracking en Vaca Muerta. Así fue como nos encontramos”, cuenta el protagonista de esta historia.

Durante tres años trabajaron para poner en marcha aquella iniciativa. Compraron equipamiento, desarrollaron la ingeniería y adquirieron un predio de nueve hectáreas en Benito Juárez donde levantaron la planta industrial. Todo parecía encaminado, hasta que el mercado petrolero tomó otro rumbo y el proyecto quedó frente a una incertidumbre que amenazaba con hacerlo desaparecer.

“Teníamos la infraestructura levantada y, de pronto, el negocio hidrocarburífero se nos alejaba por completo”, recuerda. Podría haber sido el final de aquella historia. Pero José Benito tenía detrás tres décadas de investigación y un conocimiento que todavía no había encontrado su oportunidad.

“Fue ahí cuando nos miramos, reordenamos la ingeniería y decidimos apostar todo a los 30 años de investigaciones que yo venía desarrollando para la agricultura“, relata con orgullo en la entrevista.

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Aquella decisión transformó una frustración en el comienzo de una nueva etapa. Con Gabriel Lema a cargo de la conducción económica y la reingeniería del proyecto, el conocimiento acumulado por José Benito comenzó a convertirse en desarrollos para el sector agrícola.

La investigación permitió trabajar los minerales hasta llevarlos a partículas nanométricas y desarrollar formulaciones orientadas a que los nutrientes pudieran ser aprovechados por las plantas con mayor eficiencia.

Así nació el camino que terminaría convirtiendo a Kioshi Stone en una empresa enfocada en la nanofertilización y en la búsqueda de nuevas herramientas para la agricultura.

Pero cuando José Benito cuenta esa historia, la empresa aparece casi como una consecuencia. Lo que verdaderamente parece importarle es la posibilidad de haber encontrado, después de tantos años, una manera de unir aquello que había aprendido con aquello que había visto cuando era niño.

“Yo siempre digo que la investigación no tiene un punto final. Cada respuesta abre una nueva pregunta“, afirma.

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Y esa mirada explica también por qué, a los 80 años, continúa trabajando. Lejos de pensar en el retiro, permanece al frente del área de formulaciones y desarrollo técnico de Kioshi Stone, siguiendo ensayos, pensando nuevas aplicaciones y mirando con entusiasmo las tecnologías que aparecen en el campo.

Los drones agrícolas, por ejemplo, despiertan especialmente su atención. “El dron parece diseñado especialmente para nuestras formulaciones, porque permite aplicar dosis ínfimas de nanopartículas con una precisión extraordinaria“, explica.

En su voz no hay resignación ni nostalgia por una época que quedó atrás. Hay, por el contrario, la misma curiosidad de aquel adolescente que entró al mundo de la investigación minera y quiso entender qué había detrás de una roca.

EL HOMBRE DETRÁS DE LA INVESTIGACIÓN

A esta altura de su vida, podría hablar de empresas, desarrollos, tecnologías o resultados. Sin embargo, cuando José Benito habla del futuro, vuelve una y otra vez al suelo.

Para él, la verdadera satisfacción no está solamente en haber desarrollado una tecnología, sino en observar qué ocurre después de varios años cuando un campo comienza a recuperar parte de aquello que había perdido. Habla de materia orgánica, fósforo y de la presencia de lombrices con la misma pasión con la que otros hablan de una cosecha récord.

“Durante mucho tiempo se le hizo creer al productor que la agricultura era una minería del suelo, que extraía sus nutrientes para exportarlos”, sostiene con su extraordinario poder descriptivo y advierte: “Hoy hemos demostrado que los suelos pueden recuperarse a sus niveles históricos y, al mismo tiempo, mantener una producción agrícola de vanguardia“, agrega.

Quizás por eso su historia no termina en Galicia, ni en Buenos Aires, ni en las minas de San Juan. Tampoco termina en una planta industrial de Benito Juárez. Cada una de esas etapas parece haber sido apenas una estación de un recorrido mucho más largo, en el que la memoria, la ciencia y la tierra terminaron encontrándose.

A los 80 años, José Benito continúa pensando en nuevos productos, nuevas formulaciones y nuevas investigaciones. Pero detrás de esa búsqueda permanente permanece aquel niño que alguna vez miró cómo el mar dejaba algas en las calles de La Guardia y vio a su madre recogerlas para llevarlas a las huertas.

“Nuestro ADN ha sido y será siempre la investigación para crear soluciones que mejoren al campo y cuiden el medio ambiente”, sostienen sin dudarlo.

Quizás allí esté la verdadera dimensión de su historia. En que, después de haber recorrido buena parte de una vida entre minerales, laboratorios, minas y campos, José Benito Gonzales Rodríguez todavía conserve intacta la capacidad de sorprenderse. Y que aquella escena de su infancia, que durante décadas pareció apenas un recuerdo familiar, haya terminado convirtiéndose en la semilla de una idea que hoy busca devolverle vida a los campos argentinos.

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